

NARRATIVA
LA CARA DE ESTUCO
Una vez cuando estábamos en el tercer grado de la secundaria, R se puso a andar con una de las minas del cuarto F. Las minas del cuarto F eran todas locas. Tenían mala reputación. Sobre todo un grupo en particular. Eran unas seis u ocho minas, y todas hostigaban a algún integrante del taller de rock. Todas sabían que nosotros, todos, teníamos novias, pero no les importaba nada. La que me acosaba a mí, además molestaba a mi novia cuando se la topaba en el patio, o en los baños o en el casino. Eran todas así. Fumaban pito, eran fiesteras, y les gustaba el grunge. Pero la chica con que se empezó a ver R fuera del liceo no era de ese grupo. Era una chica que no tenía amistades en clase. Y era bastante reconocida y popular entre el alumnado por tener un par de pechos enormes, y porque además se maquillaba, y el maquillaje estaba prohibido para las chicas por reglamento. Yo la encontraba feísima. Los muchachos lo felicitaron muchísimo cuando se enteraron de que lo habían visto en el parque besándose con esta chica. Yo no dije nada. Un buen día, mejor dicho una buena tarde, con R en clases de Castellano nos empezamos a molestar el uno al otro mandándonos caricaturas del uno y el otro. Él me dibujaba a mi por ejemplo, y lo hacía correr por los bancos de mis compañeros, y de paso, miraban los dibujos y se reían con nosotros. Yo lo dibujaba de vuelta y hacía correr el cuaderno entre mis compañeros. Entonces nos empezamos a picar, porque las caricaturas eran cada vez más ofensivas y sarcásticas, y entonces yo le dibujé a su chica, de la que hablo, que se pintaba mucho los labios -y sus labios eran gruesos – y los ojos; y la dibujé con un hueso en la cabellera, como cavernícola. Los cabros todos cagados de risa, y cuando le llegó el cuaderno a R, se puso de pie furioso, y me arrojó el cuaderno igual que un proyectil, y que si no muevo la cabeza me daba de lleno en el rostro. Pero sin dejar nunca de reírme que es lo que más lo enfurecía todavía. Casi rompe el cristal, y porque estábamos en un segundo piso y yo me sentaba en la ventana, la profesora Benaiges lo expulsó inmediatamente del salón. La profesora Benaiges de repente no volvió más al liceo. Igual ya estaba cerca de la jubilación. Y luego supimos que su hija había muerto en una protesta en la villa Francia. Nunca volvió a hacer clases. En este banco de tercer grado que yo me sentaba, una niña que se llamaba Leyla, y que era de la jornada de la mañana, comenzó a dejarme mensajes escritos sobre la madera del banco…
Por ese mismo año, habíamos conocido a un amigo con A y Ortíz, porque trabajamos durante las vacaciones para comprar instrumentos de música. Este muchacho nos invitó a mi y a A a una fiesta. Ha sido una de las veces que más he alucinado en mi vida. Prácticamente toda la noche. Tenía diecisiete años. Este amiguito me regaló cuando ya estaba terminando el verano- y por lo tanto íbamos a dejar el empleo para volver a clases al año escolar – un puñado de semillas de marihuana. Ese paquete de semillas yo lo tuve mucho tiempo porque no tenía ninguna intención de plantarlas porque mis papás me hubiesen fusilado y porque no me interesaba la botánica para nada. Así que no sabía que hacer con esas semillas y las traía conmigo en mi mochila de estudiante para que en casa no la encontraran ni me hicieran preguntas. Y un día en clases A, se fue hasta mi mochila mientras yo no estaba en el salón -porque nosotros, nuestro grupo, teníamos tanta confianza entre nosotros que nos urgeteabamos los bolsos los unos a los otros porque siempre teníamos un tape prestado del otro, o el walkman, o cuadernos o lápices- y me sacó el paquete de semillas. No recuerdo cual fue el dilema. Le debía un tape, o algo que no le había devuelto, pero por olvidadizo y no por mala intención. Entonces, exageró asaltándome la mochila y quedándose con el paquete de semillas. Ese día salimos más temprano de lo usual, y como era usual entre nosotros, cuando teníamos tiempo muerto, nos fuimos a uno de nuestro parques favoritos a fumar hierba y tocar guitarra. Se hacían muchas ruedas de grupos de escolares en esos parques. Así fue que llegó carabineros hasta el parque. Revisaron a A y le encontraron el paquete con semillas de marihuana. Lo detuvieron. Le avisaron a su mamá, y su mamá cuando llegó hasta la comisaria y lo tuvo en frente, casi le voló la cabeza de una bofetada.
Después, una noche, la mamá de E se fue a la playa una semana, y E nos invitó a A y a mi a hacer música y por la noche salir y al fina de la parranda quedarnos en su casa. Terminamos de tocar y salimos a buscar marihuana. Compramos varios gramos y desarmamos una cajetilla entera de cigarros. O sea, vaciamos cada cigarrillo del tabaco dejando tan sólo el cilindro de papel, y los rellenábamos con marihuana. Hicimos veinte cigarrillos de marihuana en el cilindro de papel de los cigarrillos y los metimos los veinte a la cajetilla. Nos fuimos al cerro Quimei con un vino, las guitarras y encendimos un pequeño fuego. Ya estábamos volaos muy volados. Ya habíamos pasado además por una fiesta donde estaban también con banda en vivo. Seguramente ya eran las dos de la madrugada cuando llegamos hasta el cerro. Entonces E empezó a decir que el fuego había encendido porque cuando le había agregado unas hojas, éstas, tenían aceite de ricino. Entonces yo lo encontré tan mentiroso y me hizo tanta gracia la frase «aceite de ricino» que me dio ataque de risa. Es que a esa edad la marihuana da mucha risa. Me reí tanto. Una de las noches que más me he reído en la vida. Los cabros, aburridos de mi ataque de risa, quisieron atraparme y reducirme entre los dos.
Esta cuartilla digital, es el texto original del relato que posteriormente a mi edición se titularía definitivamente «Las Minas Locas del 4to F». Es un ejercicio de memoria y narrativa alla prima, de hecho, el borrador nunca pasó por ningún formato físico (en papel), lo redacté -muy probablemente durante una media hora mientras desayunaba – directamente sobre el block de notas de mi smartphone, ni siquiera en un notebook -y como la mayoría de las columnas que publicaba informalmente en redes. (Esta columna también es bastante informal, tengo que decirlo) – Para la edición del cuento trabajé leyendo el relato alla prima en el block de notas y redactando y fijando la versión ya más o menos definitiva en el notebook (aunque pretendo darle una última lectura, corrección y edición antes de publicar la versión definitiva de toda mi literatura hasta hoy) . De esta cuartilla digital, de este borrador surgió también ya el título para la segunda de estas tres historias: «Pacos Culiaos, se quedaron con las semillas /Fuckin’ cops, they kept the seeds». A la tercera historia tal vez la titule : «Marihuana y aceite de ricino en Las Palmeras Cuatro»
Todo esto dentro del marco narrativo «Relatos de Pingüinos»
Daniel Adolfo Moreno, miércoles 8 de abril de 2026.

