KAMIKAZE MAGAZINE

LA COLUMNA DEL EDITOR

Daniel Adolfo Moreno, 15 de Octubre de 2024

«La barca de Dante», Eugène Delacroix, (oleo sobre lienzo, 189×241 cm, 1822)
DEL GUSTO DEL EDITOR,
DE TRADUCCIONES, Y DE LA DIVINA COMEDIA…
HABLA EL MINOTAURO…

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Tiempo atrás, -ya casi un año- comentando respecto del ganador del nobel de literatura del año 2023, señalaba yo, a partir de algunas reseñas de la prosa del autor, que me parecía una prosa pobre, sin fuerza, sin intención ni riqueza estilística. Pero hacía el alcance, además, de que quizá el autor funcionaba en su idioma, y que tal vez, era la traducción que reseñaban, la que no era capaz de transmitir las capacidades literarias del autor en su idioma vernáculo. También comenté en esa ocasión que pese a las malas traducciones y a los malos editores y traductores, las grandes obras de la historia de la literatura siempre son capaces de traspasar esa barrera – la del idioma y la traducción- y perdurar e impactar en distintas épocas, hasta convertirse en obras universales en la historia del hombre, y de la historia de nuestra literatura. Esto me hizo reflexionar todavía más allá en el tema de la traducción de la poesía, y afirmé: –como axioma- “el problema de la traducción de la poesía es irreductible.” Esto ya yo lo sabía desde mi adolescencia, de cómo la poesía en métrica y rimas, no puede traducirse casi nunca a una equivalencia en otro idioma. La poesía en prosa sí, pero la problemática de la traducción de la prosa no es una cuestión tan compleja como lo es la poesía y las grandes obras que han sido escritas en versos y en métrica, y que son muchas, y en las cuales podemos encontrar composiciones en hexámetros, tercetos, sonetos, en décimas, en fin. Esta es una cuestión y una tarea para quebrarse la cabeza. Traducir un par de sonetos y llegar a una equivalencia satisfactoria puede suceder; con inteligencia y esmero se puede llegar a un resultado medianamente decente. Ahora, traducir una obra completa de Shakespeare, o de Homero podría volver loco a cualquiera. De ahí que las traducciones de obras que se han escrito en versos nos lleguen resueltas como prosa. De estas consideraciones entonces concluí que cuando lees una traducción, necesariamente lees al traductor y muy poco al autor. Entonces, caí en la cuenta de que todo lo que he leído en mi vida han sido mayoritariamente traductores, que cuánto leí de Dostoievski, no he leído sino más que a sus traductores, lo mismo para Homero, Sófocles, y toda la filosofía y tragedia griega; también con los pensadores alemanes. Y así con todo lo que no sea literatura en español. Esto se me ha revelado de manera trágica, hasta el punto de sentirme un verdadero ignorante en el campo de la literatura universal, y me ha pesado como pesa el mundo entero.
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A partir de ese momento fue que resolví leer literatura en inglés, que es el idioma al que más me he acercado desde la adolescencia, y empecé a buscar y coleccionar títulos en inglés: la obra completa de William Shakespeare, un par títulos de James Joyce, la obra completa de Edgar Allan Poe, obra de William Faulkner, de Raymond Carver, Charles Bukowsky, etc. Esto porque necesito leer a los autores y no a los traductores. Difícilmente aprenderé alemán para leer a Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Kant, Martin Heidegger, J. W. Goethe. Es poco probable que llegue a aprender ruso para leer a Fiódor Dostoievski, y V. Nabokov, pero sí quiero intentar aprender el italiano, y tal vez algo de francés. También, hace un par de años antes de llegar a toda esta reflexión, tenía intenciones de aprender el hebreo (y estuve en ello bastante tiempo). Con el idioma francés me pasa –también a propósito del premio Nobel de literatura, porque a raíz del premio de este año, este mes de octubre, revisé la lista de los premios Nobel de literatura a partir del primer ganador, Sully Prudhomme en 1901, y grande fue mi sorpresa al encontrarme con dieciséis premios Nobel de literatura para Francia en la historia del Nobel de literatura- que la academia sueca ha ensalzado tanto a la literatura francesa, que me intriga que tan buenas pueden llegar a ser las letras francesas. Yo he leído poca traducción del francés: a Charles Baudelaire, a Stendhal; quiero revisar a Michel Foucault, y a Sartre, y es lo poco y nada que sé de literatura francesa. Entonces, el italiano y el francés, que además son lenguas romances, sí son dos idiomas que pueden ser abordables, hasta el punto de leerlos y escribirlos, y por lo tanto leer a ciertos autores en su idioma. Fue así cómo y porqué empecé mis ejercicios de traducción con “What we talk about when we talk about love” (Raymond Carver), “Short eyes” (Miguel Piñero), y “The two gentlemen of Verona” (William Shakespeare). Fue en Shakespeare que la cuestión de cómo traducir se me reveló de forma más profunda y compleja, y también me percaté de la incapacidad literaria de los traductores, incapacidades que me sugerían posibles sistemas de traducción a partir de distintos parámetros. Aquí la cuestión de los versos es fundamental, lo es por lo menos para mí. Con el cuento de Carver también analicé diversas cuestiones y problemáticas a resolver, revisando además dos traducciones ya publicadas hace mucho, y que no me gustaron para nada, sobre todo por la arbitrariedad de los traductores a la hora de puntuar. También meses atrás me había topado con la obra completa de Borges en inglés, y tampoco pudo gustarme ese criterio del traductor. El problema principal al que me he enfrentado a la hora de cotejar traducciones, es que los traductores son incapaces de resistirse a la floritura. Y esta parece ser una manía y mala costumbre habitual en un traductor, la de agregar adjetivos, pronombres, sustantivos, e incluso puntuación, alargando las frases y las oraciones, hasta el punto de deformar el estilo del autor, y la estética de su prosa y las formas gramaticales en su redacción.
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Hoy, pensando en la Divina Comedia, fui hasta una traducción que tengo hace años –una traducción llevada a la prosa-, y al rato de comenzar la lectura me asaltó la necesidad de mirar cómo resultaba el texto en italiano y en versos, como lo redactó Dante, para comparar -todavía sin saber nada de italiano- el resultado, y también puede apreciarse a primera vista esta tendencia a la floritura que estoy comentando.
El texto con el que trabajé, es una edición transliteral italiano- español, que está escaneada pero no digitalizada –primer “pero”- y en la cual, la obra en italiano aparece en tercetos, pero su traducción al español se ha ejecutado en prosa, segundo “pero.” Trabajé además con la traducción al español que tengo desde mi adolescencia –que también es una traducción en prosa- y en la que se pueden apreciar muchas diferencias de distinta índole en relación con la otra traducción al español.
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El ejercicio comparativo de ciento dos versos (34 tercetos del primer canto) de estas dos traducciones es lo que quiero presentar al lector. He transcrito los primeros treinta y cuatro tercetos en italiano, y luego he transcrito las dos traducciones al español, pero con la molestia de agruparlos y presentarlos en versos y tercetos, que es como debería de traducirse cualquier obra escrita en versos (según mi parecer, claro.)
Son cuestiones que pesan en una cabeza de toro. Son cuestiones que un minotauro no puede dejar de pensar con insistencia. Estos son los caprichos estéticos del editor con cabeza de toro en cuestiones de estéticas literarias. Son estos los juegos de letras de Asterión, editor en Kamikaze Magazine.
Per me si va nella cittá dolente,(1)
Per me si va nell’eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio alto fattore;(4)
Fecemi la divina potestate,
La somma sapienza e il primo amore
Dinanzi a me non fur cose create,(7)
Se non eterne, ed io eterno duro:
Lasciate ogni speranza, voi che entrate.
(Canto terzo)

La divina comedia, canto primero, Gustave Doré, grabado
DIVINA COMMEDIA
DANTE ALGHIERI
SEGÚN EL TEXTO DE LAS EDICIONES MÁS AUTORIZADAS Y CORRECTAS
BARCELONA 1884
INFERNO
CANTO PRIMO
Nel mezzo del cammin di nostra vita (1)
Mi ritrovai per una selva oscura,
Che la diritta via era smarrita.
Ahi quanto a dir qual era è cosa dura (4)
Questa selva selvaggia ed aspra e forte,
Che nel pensier rinnova la paura!
Tanto è amara, che poco è più morte: (7)
Ma per trattar del ben ch’i’ vi trovai,
Dirò dell’altre cose, ch’io v’ho scorte.
I’ non so ben ridir com’io v’ entrai; (10)
Tant’ era pien di sonno in su quell punto,
Che la verace via abbandonai.
Ma poi ch’io fui appiè d’ un colle giunto, (13)
Là ove terminava quella valle,
Che m’avea di paura il cor compunto,
Guardai in alto, e vidi le sue spalle (16)
Vestite già de’raggi del pianeta,
Che mena dritto altrui per ogni calle.
Allor fu la paura un poco queta, (19)
Che nel lago del cor m’era durata
La notte ch’i’ passai con tanta pièta.
E come quei, che con lena affannata (22)
Uscito fuor del pelago alla riva,
Si volge all’ acqua perigliosa, e guata;
Cosi l’animo mio, che ancor fuggiva, (25)
Si volse indietro a rimirar lo paso,
Che non lasciò giammai persona viva.
Poi ch’ebbi riposato il corpo lasso, (28)
Ripresi via per la piaggia diserta,
Si che il piè fermo sempre era il più basso.
Ed ecco, quasi al cominciar dell’erta, (31)
Una lonza leggiera e presta molto,
Che di pel maculato era corveta.
E non mi si partia dinanzi al volto; (34)
Anzi impediva tanto il mio camino,
Ch’ i’ fui per retornar più volte volto.
EL INFIERNO
CANTO PRIMERO
(TRADUCCIÓN DIRECTA DEL ITALIANO POR D. CAYETANO ROSELL)
Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida (1)
Cuando me vi en medio de una oscura selva
Fuera de todo camino recto.
¡Ah! ¡Cuán penoso es referir (4)
Lo horrible e intransitable de aquella cerrada selva,
Y recordar el pavor que puso en mi pensamiento!
No es de seguro mucho más penoso el recuerdo de la muerte: (7)
Mas para hablar del consuelo que allí encontré,
Diré las demás cosas que ahí me acaecieron.
No sé fijamente cómo entré en aquel sitio: (10)
Tan trastornado me tenía el sueño
Cuando abandoné la senda que me guiaba.
Mas viéndome después al pie de una colina, (13)
En el punto donde terminaba el valle
Que tanta angustia había infundido en mi corazón,
Miré a lo alto, y vi su cima dorada (16)
Ya por los rayos del planeta
Que conduce al hombre seguro por todas partes.
Calmóse algún tanto entonces el temor que (19)
Con tales sobresaltos había alterado
Aquella noche el lago de mi corazón;
Y como aquél que saliendo anhelante (22)
Fuera del piélago, al llegar a la playa,
Se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla,
Así mi espíritu, azorado aún, (25)
Retrocedió para ver aquel lugar
De dónde no salió jamás alma viviente.
Reposado que hubo el cuerpo de su fatiga, (28)
Comencé a subir por la colina solitaria,
De modo que el pie que afianzaba más, era el más bajo;
Y no bien estaba al principio de la pendiente, (31)
Salió una pantera veloz y en extremo suelta,
Toda ella cubierta de manchada piel.
Que sin apartárseme de la vista, (34)
De tal manera me embarazaba el paso
Que muchas veces me volví para retroceder.
EL INFIERNO
CANTO PRIMERO
(TRADUCCIÓN DE M. ARANDA SANJUAN)
A mitad del viaje de nuestra vida, (1)
Me encontré en una selva oscura,
Por haberme apartado del camino recto.
¡Ah! Cuán duro me resulta referir (4)
Lo salvaje, áspera y espesa que era esta selva
Cuyo recuerdo renueva mi temor.
Temor tan triste, que apenas si el de la muerte le supera (7)
Pero antes de hablar del bien que allí encontré
Revelaré las demás cosas que se ofrecieron a mi vista.
No sabré decir fijamente cómo entré en ella, (10)
Tan adormecido estaba
Cuando abandoné el verdadero camino.
Pero al llegar al pie de una pendiente, (14)
Donde terminaba el valle
Que me había llenado de miedo el corazón
Miré hacia arriba y vi su cima (15)
Revestida ya de los rayos del planeta
Que nos guía por todos los senderos
Entonces aquietóse el temor que había (18)
Permanecido en lago de mi corazón
Durante la noche que pasé con tanta angustia
Y del mismo modo que aquél que, saliendo (21)
Anhelante fuera del piélago, al llegar a la playa
Se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla
Así mi espíritu, fugitivo aún (25)
Se volvió hacia atrás para mirar
El duro paso del que no salió nunca nadie vivo.
Después de haber dado algún reposo a mi fatigado cuerpo (28)
Continué subiendo por la solitaria pendiente
Procurando afirmar siempre el pie que quedaba más abajo
Al principio de la cuesta, (31)
Aparecióseme una pantera, ágil, de rápidos movimientos
Y cubierta de manchada piel.
No se apartaba un punto de mi vista, (34)
Antes embarazaba mi camino de tal modo,
Que me volví muchas veces para retroceder.
