

Estos versos, más o menos canciones, han sido mejor que escritos cantados o canturreados con pluma metálica –pluma de ala de acero- en una celda de destierro –destierro, desentierro- …Y así he adobado estas canciones con la sal de la mar fronteriza,… con la sal de D ios, fronterizo también… Y releyendo este apocalíptico mensaje comprendí como mi bibliografía es teofagia, y que al comerme los libros me como a D -ios con ellos. Los textos que sólo nos dicen lo que su autor quiso o creyó querer decir no nos dicen nada; son textos muertos. Y muerto el autor mismo cuando los escribió, pues <tienes nombre de que estás vivo y estás muerto; ¡despierta!> (Apocalipsis, III, 1-2) …
Las más de estas canciones han sido escritas… yo recordando aquella arena –más bien polvo-sobre que escribió Jesús con el dedo desnudo y sin tinta al perdonar a la mujer adúltera (Juan, VIII, 6) …Otras las compuse sentado sobre la yerba verde, como aquella en que Jesús mando sentarse a la turba para que le oyese: (Juan, VI, 10). Yerba para descansar sobre ella soñando la vida; debajo de ella durmiéndola…
Esta amorosa rebeldía, este amor rebelde, me viene de mi apretada y henchida niñez cuando fui inocente testigo de la guerra civil que ensañaba entre sí a nuestros padres y abuelos arrastrándolos a todos los desmanes y demasías…Después he sabido que el apóstol Pablo fue fariseo (Filipenses, III, 5) criado a los pies de Gamaliel. Y ¿por qué el Cristo persiguió con tanta saña y como a hipócritas, junto con los escribas o letrados, a los que creían en la resurrección de la carne? Acaso porque sólo en la carne creían.
Aquella guerra más que civil, hermanal, y hasta mellizal, en que me crié y crié mi espíritu, fue hija de la envidia cainita, inquisitorial.
Porque Él es Uno y los que le siguen son otros. Aunque esto de tapar a un Evangelio con otro no es raro…
¡Qué jesuítico horror a la risa! ¡Hasta han hecho la leyenda de que el Cristo, que tanto se reía jugando con los niños y les hacía reír, no se rió nunca! Y hasta bailó cuando tocaban la flauta, no debemos dudarlo. (Mateo, XI, 17). ¡Y él, que comía y bebía!
…Los más de los cristianos, casi la totalidad de ellos, no han comprendido a Cristo Niño; al Niño Jesús, sí, pero éste es otra cosa…Pero el arte llamado cristiano jamás ha representado, que yo sepa, a María yéndose, con los brazos remangados de estar cocinando y riéndose, a abrazar y dar un beso a Jesús adulto que salía a predicar y a jugar con los niños.
Aquella guerra civil, con la que yo y en la que de niño me reía, ¿fue para imponer lo de Hernando de Acuña, poeta de Carlos V, una ley, un monarca y una espada- D-ios, Patria y Rey- o un señor, una fe y un bautismo que dijo San Pablo? (Efesios, V, 5) No, no fue para eso. Fue una guerra inquisitorial; fueron los hijos de Caín acaudillando a los de Abel y todos ellos mezclados en sucia mescolanza. Eran los así llamados tradicionalistas, que dejando los mandamientos de D ios toman la tradición de los hombres (Marcos, VII, 8)
… ¡Aquella mi niñez! ¡Cuando jugábamos a la guerra en medio de la guerra de nuestros padres, de Caín y Abel, de Esaú y Jacob, del campo y de la ciudad! ¡La eterna tragedia de la historia! Caín, el labrador, el que mató por envidia a su hermano Abel, el pastor, fue quien levantó la primera ciudad, la de Ur, cociendo tierra, y de ello nació la civilización, cierto, pero también el patriotismo nacionalista y con él la envidia, su hija primogénita. Por envidia –phthonos, ¡qué terrible palabra helénica, herodotiana, trágica, evangélica! – entregaron a Jesús al pretoriano Pilatos los sacerdotes judíos (Marcos, XV, 10) y Judas, el segundo Caín, el gran avaro, fue un envidioso suicida. Por envidia querían haber matado a Lázaro el resucitado, el desenterrado (Juan, XII, 10). Por envidia, sí, por envidia crucificaron al Cristo, pero acusándole antes de antipatriota, pues <qué ¿haremos?, porque este hombre hace muchas señales; si le dejamos, todos creerán en Él… El Cristo era el rebelde, el individualista, el pesimista, el enredador que diría cualquier grotesco tiranuelo. Había que haberle aplicado la disciplina. Y disciplina quiere decir látigo y hasta cruz. Y le crucificaron, a azuzamiento de los sacerdotes, los soldadotes, los de Pilatos, los mercenarios del honor pretoriano y cesariano, los de la casta de Longinos, el lancero ciego que abrió la puerta sangrienta en el costado del que había dicho: <Yo soy la puerta (Juan, X, 9) y el camino> (XIV, 6). Y menos mal que entonces alcanzó Longinos a ver con <los ojos del corazón> (Efesios, I, 8).
¡Terrible esta casta profesional de Pilatos y de Longinos! Recordando que Cristo, el Ungido, entró en Jerusalén en triunfo el día de Pascua de Ramos…, se les ocurre sacar el sacramento a cuestas, pero para obligar a los pobres paisanos a que se arrodillen.
Pero yo no doblo la rodilla sino ante el Padre de quien se llama toda patria. (Efesios, 14-15) y me rebelo contra toda esa <abominación de desolación>.
También en mi niñez de todos los pueblos adiviné la universalidad del hombre, su humanidad por encima de las patrias todas…Allende nuestras luchas civiles, políticas y eclesiásticas –no religiosas- había otro mundo…de las mismas luchas también. Lo supe luego.
Y aquí, en esta frontera, he vuelto a aprender la lección de la tolerancia y del odio de la cruzada…Contra toda esa abominación de desolación, pues me he rebelado con rebeldía de cristiano español, de religioso patriota; me revelé contra la censura y me puse a proclamar la verdad oportuna inoportunamente, como el Apóstol (II Timoteo)…Y aquí, en el destierro desentierro, se me ha enardecido la lucha, pero con ella la niñez y a golpes ha empezado mi corazón a destilar la dulzura de sus días infantiles y se me ha vuelto niño el espíritu. <si no os volvéis como niños no entraréis en el reino de los cielos> Y con la niñez se me ha encendido la pasión. Que de apasionado me tildó el tiranuelo, ¡gracias a D ios! <Conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente; ojalá fueses frío o caliente, y porque así eres tibio y ni caliente ni frío, te he de vomitar de mi boca (Apocalipsis, III, 15-16). De las ofensas a mi patria hago cuestión personal, no de las ofensas a mí, que son cuestión individual.
Rebeldía, ¡sí! Bien sé que la guerra, la llevo dentro de mí, me ha hecho pecar al maldecir de los jefes que el pueblo se ha dado o soporta ( Hechos, XXIII, 5), que el apóstol Pedro nos enseña a someternos por el Señor a toda institución humana, o rey, o superior, o jefe ( I Pedro, II, 13-14), que Pablo lo apoya diciendo que no hay autoridad –exousia– sino de D ios, y que las que hay, por D ios están ordenadas ( Romanos, XIII, 1; Tito, III, 1), pero dejando lo que va de autoridad, tampoco debo olvidar que hay que obedecer antes a D ios que a los hombres ( Hechos, V, 29) y que hay desobediencias santas.
Sé que les he injuriado e insultado y que hasta he esgrimido contra ellos el arma prohibida, aquella de que dijo el Cristo que quien llamase tonto a su hermano será reo de la pena de fuego (Mateo, V, 22) –espero que del fuego purificador-, pero ¡cuántas veces no se nos habla en el Evangelio de la tontería o necedad de los enemigos del Señor! < ¡Se llenaron de tontería!> (Lucas, VI, 11) … y ¿dónde está la maestría de esos supuestos (Corintios, IV, 1).
No puedo menos que hacer lo que hago y en ello me estoy y me arrellano. Y aquí mantengo mi rebeldía esperando a que D ios quiera que queramos rescatarnos de la tiranía. Aquí espero a que las murallas de Jericó se derrumben a fuerza de nuestra fe (Hebreos, XI, 30), sepultando a los sacerdotes que no tienen más rey que al César (Juan, XIX, 15). Y la justicia, que espero, la libertad de la verdad, el advenimiento del reino de D ios que está dentro de nosotros (Lucas, XVII, 21).
Y en tanto soporto la persecución de que se me hace blanco y me digo: (Mateo, V, 10). Repiten que soy un desterrado voluntario, lo que en el sentido en que lo dicen no es verdad y procuran obligarme a volver a entrar en la prisión, por aquello de la parábola de (Lucas, XIV, 23), que tantos crímenes ha hecho cometer. Más huí de ella desnudo (Marcos, XIV, 52) y poco más que desnudo sigo aquí. Y hecho teatro de mí mismo (I Corintios, IV, 9), tratando de descubrirme a mí mismo, de conocerme, y más bien de conocer al Señor para ser por él conocido… y lo repite la Epístola a los Hebreos: <¡Conoce al señor!>, es decir ámale, pues no se puede sino amar a aquel a quien de veras se conoce. Y así se es conocido por Él, se vive en su memoria siempre presente, eterna, pues quien ama a D ios, es conocido por Él (Corintios, VIII, 3), es hombre de D ios (II Timoteo, III, 17), es teodidacto (Tito, III, 11).
Y aquí vivo ganándome como puedo mi vida para ser lo menos gravoso a los míos, pero no sin dejarme rendir porque traten, sino de cortarme los viveros, de perjudicarme en mis ganancias. Y no vivo de mi predicación patriótica, sino como Pablo que vivía de su trabajo (II Tesalonicenses, III, 8), que era el de hacer tiendas, y yo de hacer otras tiendas en que puedan almas abrigarse. Artesano de armar tiendas Pablo, y Cristo, su Cristo, tectón (Marcos, VI, 3), armador de casas rústicas, que no carpinteros, y mi principal trabajo el de hacer lenguaje –y lenguaje es pensamiento- español, que es hacer tienda de espíritu de pueblo permanente.
Algunos de mis sedicentes mejores amigos, <¡Lástima de hombre, con lo que pudo haber sido y haber hecho!>, y le llaman a este destierro un suicido político, y me hacen recordar lo de aquellos judíos que creyeron que Jesús se iba a suicidar cuando les dijo: <Donde yo voy, vosotros no podéis ir> (Juan, VIII, 212). ¿Qué, es que habiéndome quedado allí, enterrado, habría yo llegado a cosa así como dictador? El Cristo, cuando las turbas quisieron nombrarle rey por haberles dado de comer, huyó al monte (Juan, VI, 15) rechazando el tentador (Mateo, IV, 8-10), y otros, otras veces, me llaman pesimista. Mas ya yo no sé, ni ellos tampoco, lo que con esa tan asendereada y manida palabreja –pesimismo- quieren decir.
Y estando aquí, en el destierro, me he vuelto a mirar una voz que me llamaba (Apocalipsis, I, 11) y vi que de mi niñez rediviva se alzaba un arcángel, Miguel –que declarado quiere decir en hebreo: <¿Quién como D ios?>-, de quien nos cuenta en su Epístola el Apóstol Judas (versículo 9) cuando disputó con el Fiscal –que no otra cosa quiere decir la voz diábolos, el diablo, el acusador- por el cuerpo de Moisés y de quién en el Libro de la Revelación (Apocalipsis, XII, 7) se nos dice cómo peleó con sus ángeles en el cielo contra el Dragón. La Serpiente Antigua, la que tentó a nuestros primeros padres en el Paraíso y que no es otro que la Esfinge misma, llamada Diablo: Acusador o Satanás: Tentador. Que quien acusa, tienta… <Pero, ¿es que tú no eres a tu vez un acusador, un diablo –se me dirá- que te has erigido a nombre del pueblo en censor de los que le mandan?> Cierto; mas también sobre el cuerpo de Moisés acusaba Miguel al defenderlo. Y dialogaba –διελέχετο- en dialéctica de fuego, como después Pablo. La espada de fuego que puso D ios en manos del ángel que guardaba el paraíso.
Esta mañana en que esto escribo, he estado leyendo la Segunda Epístola del Apóstol Pablo a los Corintios, y al encontrarme ahí he encontrado toda mi vida que pasa y queda. En ese pasaje nos cuenta el apóstol cómo fue arrebatado al tercer cielo, no sabía bien si en cuerpo o fuera de él, al Paraíso, y oyó – αρητα εηματα- que no es posible al hombre decirlos. ¿Y qué otra cosa son los dichos que hay que decir en poesía? ¿Qué son sino dichos indecibles los que hay que verter en versos? Y de ello se jacta el Apóstol; como yo; del exceso de las revelaciones. Y para que no se ensoberbeciera con ello se le dio aire, σχολοφ en la carne. Si os hablara yo de mi σχολοφ. Y el Apóstol pedía a su señor que se la quitara de encima, pero le respondió: <Te basta mi gracia, pues la fuerza se cumple en debilidad>. Hay que haber vivido desterrado, desenterrado, para comprenderlo y consentirlo. Y sigue el Apóstol y dice a los Corintios: <Me he hecho insensato; vosotros me obligasteis>.
Y ahora a cosas de forma, que lo son también de fondo. Las canciones van publicadas –excepto la primera- por el orden temporal de su nacimiento, que es el orden más vivo, pues han nacido unas de otras. El desorden, el caos o bostezo, sería enfriarlas por géneros, por temas, por metros o por tonillos… Y son, me atrevo a afirmarlo, poesía y filosofía, si es que éstas se diferencian entre sí.
Primero, si esto es o no es poesía. ¡Bah, conversación! ¿El decir de algo que es o no es poesía es juicio clasificativo o valorativo? <¡No es más que un poeta!> o es , poco dicen. El naturalista comprende un árbol, el filósofo lo piensa, el poeta lo sueña – el poeta filosófico y el filósofo poético, lo piensan soñándolo o lo sueñan pensándolo, que es igual- y el leñador ni lo comprende, ni lo piensa, ni lo sueña, sino que lo corta y lo utiliza.
Y la filosofía. Este cuerpo de canciones ofrece una filosofía aunque no un sistema filosófico… Porque no, la filosofía no es sistema. En la pregunta esfíngica: <¿Crees en D ios?>, el problema no es tanto lo que D ios sea cuanto lo que sea creer. ¿Qué es creer?, ¿qué es ver?, ¿qué es soñar? La inteligencia apetece conocimiento; la fuerza, trabajo; la fe, creencia. Y el hambre come, la sed bebe, el amor ama; los tres para morirse.
Y ahora a cosas de más forma aún, de la formalidad de la forma.
He procurado decir del modo más llano y corriente lo que todos sienten sin acertar a decirlo y al menos, sino todos, la mayoría selecta, esto es: el pueblo. Más de una canción me brotó de una frase flotante que cogía al vuelo con el oído.
Creo tener que decir que el lenguaje mismo, que el lenguaje popular, ha sido mi inspirador capital. Las palabras mismas suscitan ideas. El que cría palabras o asiste con amor a su crianza, las ahíja, las hace hijas suyas. Porque las palabras levantan pasiones y emociones; y acciones. Los conceptistas han solido ser grandes apasionados y grandes poetas: así san Pablo y san Agustín, y Pascal y Spinoza y Quevedo. ¿Quién más conceptista que san Pablo? Aunque se quiera oponer el paulinismo al juanismo, el fariseo de Tarso y del camino de Damasco, el dialéctico polémico sentía mejor que san Juan lo de que <en el principio fue la Palabra, y la Palabra estaba junto a D ios y D ios era la Palabra y todo se hizo por Ella, y sin Ella no se hizo ni una sola cosa de lo hecho (Juan, I, 1-3). Y hasta por ella se hizo D ios dios. San Pablo vuela, en sus más altos vuelos dialécticos y metafóricos –diálogo es metáfora- en las alas de las palabras.
Otra cosa, y es que no hay palabras puras e impuras, limpias y sucias, y lo digo por el reproche que se me ha hecho de emplear ciertas expresiones en mi Romancero del destierro. Pues qué…Y es que la palabra crea. En el principio fue -¡otra vez!- la palabra y por ella y con ella crió D ios al mundo, y luego Adán, al dar nombre a las cosas que por D ios creadas, Éste se las presentó a que las nombrara, las recreó re-creándolas y se hizo hombre e hizo humano al mundo y al pensamiento que ahora quieren algunos, ¡y con palabras!, deshumanizar. Y la creación, la poesía, es palabra, no música ni pintura sino en cuanto éstas hablan…Es el pensamiento el que es la piel de la palabra. Se piensa con palabras, o mejor, son las palabras las que piensan en nosotros. Un palabrador es un pensador. Adensando la expresión, enfurtiéndola, es como se llega a sus formas más puras, más sencillas, más claras, y más populares, que son a la vez las más exquisitas, las más escogidas, ya que el pueblo es naturalmente sentencioso y sobrio de palabras.
Nada quiero decir de las formas rítmicas, abandonando el llamado verso libre, aunque el mío nunca lo fue del todo. Pues si bien mezclaba versos de diversos metros, procuré, aunque no siempre lo consiguiese del todo, que cada verso fuese individualmente un verso. Para otra música no tengo hecho el oído. Mas lo que me subleva es el que cualquier mequetrefe literario que por desconocer el pasado –de lo que se jacta- desconoce el presente y más aún el porvenir –la esperanza es recuerdo-, se nos venga con que eso de volver a las formas métricas tradicionales es nefanda apostasía del flamante vanguardismo y casi crimen estético… y algo por el estilo es el oscurismo o hermetismo de los que se proponen, de antemano y a tiro hecho, hacerse oscuros oscureciendo lo que se les ocurra y cuando nada se les ocurre, que es lo que ocurre las más veces que se ponen a escribir, resultan lo más claros y transparentes, pues que transparentan su nadería.
Que honda expresión esa de , porque los poetas son los únicos que dicen. Los demás hablan. Quedemos, pues, en que poesía pura es, a lo menos, crear el instrumento de creación, o mejor la creación misma, crear lenguaje, pero ¿sin contenido?…una cierta aleación de cobre o plata le da al oro dureza y con ella duración. Y por esto la poesía impura, con aleación de retórica, de lógica, de dialéctica, es más dura y más duradera que la poesía pura.
Esta poética impureza, esta vena de pasión humana, de inquietud humana, les dará, si es que algo les da, dureza y con ella duración a estas mis canciones, que no han de salvarse, si se salvan, del olvido, por sus primores puramente poéticos de lenguaje. Fuego de pasiones –que son acciones- fundió el bronce de estas canciones, y si suena el lenguaje suena y resuena también en ellas la brasa. Que creo haber maridado dos pasiones, la del sentimiento de la vida humana deseándose divina y la del lenguaje en que ese sentimiento se expresa.
Esta mañana de hoy me ha herido, con repentina luz, este aforismo del trágico Hölderlin: <Por lo más, hanse formado los poetas al principio o al fin de un período del mundo. Con el canto salen del cielo de su niñez a la vida activa, al campo de la cultura, los pueblos y con el canto vuelven de él a la vida primitiva. El arte es el paso de la naturaleza a la civilización y de la civilización a la naturaleza>. Al leer esto y recordar aquellas cancioncillas que hice salir de mi niñez, y recordar luego éstas, las presentes, he pensado si estoy volviendo, como los pueblos, a la naturaleza, si estoy retornando a mi niñez.
Sí, lo que sentimos como espíritu de independencia y llamamos así, es el sentimiento de nuestra identidad; ser independiente es ser idéntico, es ser igual a sí mismo, es ser uno mismo, es ser persona continua. Y como la infinitud no es más continuidad –lo infinito es lo continuo, lo concreto- la persona continua es infinita e inconmensurable. Y por conservar y continuar, que es acrecer, mi identidad personal, mi personalidad idéntica, por ser yo mismo, independiente, he tenido que renunciar a volver a mi patria mientras en ella se persiga, a nombre de una fantástica realidad, la íntima personalidad de cada uno. Yo quiero seguir siendo yo para que los demás sigan siendo ellos y vuelvan a serlo los que han dejado de ser. Independencia es identidad y a cada cual, y lo suyo es su personalidad, su identidad continua, y en esto, en atribuir lo suyo consiste la justicia, virtud matemática.
Esperaré por tanto.
¿Qué es sino este poema?, pues este ramillete, mejor selva, de canciones, forma todo un poema, uno, entero y verdadero. Y si me tengo que valer de él es por sentirme a ello empujado por un poder íntimo, entrañado y arraigado en el cogollo de mi ánimo. Y a este poder es al que los antiguos llamaron Musa. La Musa es el espíritu, más que público, espiritual, que nos constriñe a decir algo a nuestros prójimos, a nuestros próximos, a los más cercanos a nosotros, en verso o en música o en pintura o en drama o en otro cuerpo de expresión. Y no sirve invocarla que ella sopla cuando y donde quiere.
¿Qué por qué en vez de esta selva de canciones no he dado un diario ideal? Porque, gracias a la presión providencial de la Musa, así como sueña, me libraba de la grosera pesadumbre de las ideas en alas de las palabras, alas de tábano. Y lo que crea es la palabra y no la idea. Y así he logrado hacer un diario espiritual, no ideal. Que si la idea es idea, la palabra es espíritu.
Y el espíritu es santo –Espíritu Santo- y es divino como el Verbo. Lo que no es la Idea, la Visión. La palabra ideal, visiva, no es más que un vestido, a las veces espléndido y maravilloso de hermosura; la palabra espiritual, poética, es carne del pensamiento que se siente y se vive. Y es una palabra que piensa, sueña, crea por sí misma.
Estos íntimos misteriosos momentos en que de pronto ha entrado este mes de mi quinto año de destierro y sigo aquí, en la frontera, y parece como si ese retoñar de canciones fuese que mi alma quiere vaciarse de todo lo que tiene que decir.
Lo mejor que puede haber aquí necesita, para su mejor disfrute, de lo peor que se haya deslizado. Con los desechos se abona –esto es: se hace bueno- lo escogido. Quede pues, todo.
Miguel de Unamuno, Hendaya, marzo-noviembre, 1928.
Prólogo para Poemas y canciones de Hendaya, fragmentos.
