Three hunged 1/2

TRES AHORCADOS

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EL MANISERO

(Daniel Adolfo Moreno, septiembre 02 de 2024)

Cuando en el barrio me contaron que a Miguel lo habían encontrado ahorcado, sentí cierta tristeza por él. También por su familia; su mujer y sus hijos. Y no es que hubiésemos sido amigos, –  para nada- pero sí habíamos tenido una relación de dealer y cliente de lo más cordial, afable y de confianza, a lo largo de muchos años, que es algo poco usual en el negocio de las drogas; aunque también es cierto que todo dealer siempre tiene un par de clientes con los que se muestran más relajados y a quiénes ofrecen un servicio mucho más amistoso y personal; una relación entre caballeros.

Ese día que supe que Miguel se había quitado la vida colgándose de una viga en su casa, yo había salido a la calle para conseguir un par de gramos de marihuana. Fue una tarde noche, una de esas tantas de mi veintena en las que pasaba a comprar unos porritos para luego quedar con mis amigos en algún bar, o para ir a alguna sala de ensayo a tocar, o con mis compañeros de universidad. Lo rutinario. Esa tarde, ya había oscurecido. Cuando me empecé a acercar al barrio donde vivía Miguel, una intersección de calles a las que se les llama las “cuatro esquinas” -porque en una época traficaban en todo un cuadrante, en cada casa, en las cuatro esquinas- divisé una larga hilera de velas en ambas aceras, en el suelo, a cada lado de la calzada, como se hacía antiguamente en los barrios marginales, cuando alguien de la farándula fallecía. Esa noche nadie vendió droga. Era una época en la que todavía se respetaban ciertos códigos. Pregunté al primer piruja[1] que me crucé, que por qué no había mano[2], entonces me contó que “el manisero” se había ahorcado. En “las cuatro esquinas” le llamaban el manisero porque en sus años más mozos, ésa era su fachada para vender mota: salía por los barrios aledaños con un carrito ofreciendo maní como cualquier vendedor ambulante, sólo que, además, vendía porros a los que sabían y conocían la mano. Yo no le conocí en esa época. Se suicidó joven. Debe haber tenido unos treinta y cinco años. Cuando yo lo conocí ya traficaba en su casa y no en la calle como manisero. Yo tenía diecinueve años. Al principio me atendía en la calle. A todos los atendía en la calle. Esa era su modalidad en esa época. Te divisaba viniendo hasta su casa, entonces con un gesto, sabía que venías por un porro y salía a la esquina para hacer la venta. Tiempo después tuvo un soldado – soldado es mucho término, para un perquin[3] de esquina- , que se paraba en la calle cerca de su casa, el Richard, un angustiao[4] que siempre trabajó con distintos dealer: con el tío hippie- que se encanó hace dos años más o menos-, también con el guatón R., con el Cocha- que ya lleva un montón de años en cana-, y con tantos otros, en fin, un perquin…

La noticia por un lado me choqueó, porque conmigo siempre fue un buen vato, pero por el otro, debo reconocer que no me impresionó, puesto que ya yo venía venir algún acontecimiento trágico en su vida. Yo ya había presentido que algo le iba a ocurrir, pero nunca me imaginé que se suicidaría.

En las muchas ocasiones en que le vi, meses antes de su deceso, Miguel me atendía en su casa. Ya llevábamos años de relación de comprador y vendedor, y en ese barrio, a mí, todos los traficantes me conocían, y me atendían de la mejor forma, todos. Miguel fue uno de los primeros a los que enganché de contacto para tener una mano de marihuana, y por el lapso de diez o más años fui uno de sus clientes “regalones.”

Con el tiempo empezó a surtir su negocio con otras drogas. Ya no vendía solamente marihuana, traficaba también pasta, y al tiempo después también coca. Algo usual en el barrio. En un principio, los traficantes se dividían en dos grupos: los que vendían mota, y los que vendían pasta base y cocaína. Con el tiempo eso cambió paulatinamente, y los dealer del barrio implementaron las tres variedades. Miguel fue de los primeros que empezó a vender de las tres manos. Al principio, igual era incómodo, porque te encontrabas con baseros[5], y al basero siempre se le ha mirado como un paria, y a la pasta se le llamaba la mata choros, en alusión a que muchos personajes del hampa de respeto que caían en la pasta, terminaban prácticamente de mendigos, en harapos y sucios, desdentados y esclavos del vicio. Por eso era incómodo en un principio cuando empezaron a vender marihuana, basuco y cocaína, porque para comprar un pito de marihuana, tenías que ver a un montón de weones feos. Con el tiempo, te acostumbras…

Yo ya había sentido algo extraño en Miguel en sus últimos meses de vida. En esa época, yo solía pasar por su casa para comprar unos porros los sábados, un poco antes del mediodía. Entonces me lo encontraba amanecido, demacrado, con los ojos inyectados de sangre. Me hacía pasar, me saludaba, me preguntaba si quería porro, y mientras me molía y pesaba – porque a mí siempre me vendía de la veta, de la mejor hierba, y con yapa- yo me fijaba en su entorno: botellas de destilado, el cenicero, mecheros, la pipa, los billetes de diez lucas[6] en forma de cilindro, tarjetas plásticas de identificación, el par de pistolas…una escena que empezó a ser habitual, y que significaba que se reventaba toda la noche del viernes con sus compinches mientras “trabajaban”, y cuando yo pasaba por su casa al otro día en la mañana todavía estaba en lo mismo, pero solo. Entonces recuerdo que muchas veces me dije para mí: “este weón no está bien, un día le va a dar un paro cardiaco o uno respiratorio.” Así pasaron fueron pasando un par de meses, y cada vez que lo veía así un sábado por la mañana, yo sentía una muy mala espina, una sensación lúgubre. Nunca le dije nada. No creo que un par de palabras hubiesen hecho ninguna diferencia. Hubiese sido como querer detener un tren sin frenos con la fuerza de los brazos. Nunca quise decirle nada. Tal vez sólo ese “cuídate” que uno dice por costumbre cuando te despides de algún conocido.

La cuestión fue que una de esas noches de juerga, Miguel se amaneció fumando pasta base toda la noche, y en la angustia, la paranoia, y la desesperación, se amarró una soga al cuello y se colgó. Y así se murió Miguel, el manisero.


2

EL TAITA DE BYRON

Hubo otro personaje en el barrio que se quitó la vida colgándose por el cuello. Ése fue el papá del Byron. Esto tiene que haber sucedido hace unos diez años atrás. En esa época yo no conocía al Byron. Nunca lo distinguí entre los pendejitos del barrio, porque yo no tuve amistades en mi adolescencia en el sector, mucho menos en la veintena. Sólo tuve amigos – muchísimos amigos- en el barrio cuando niño, cuando cursaba la primaria. Era otra época, cuando en el vecindario no había ni drogadicción ni violencia, ni delincuencia explícita y latente como hoy en día. Era el inicio de los años noventa y el barrio era una villa nueva de casas. En ese entonces era una villa tranquila, de gentes sencillas y trabajadoras, podías jugar en la calle sin ningún tipo de temor, o llegar hasta la escuela caminando sin que tus padres se tuvieran que preocupar por nada. Yo recuerdo que llegaba hasta la escuela caminando, y en el trayecto, te ibas encontrando con compañeros de clase o de escuela, y con padres y apoderados, y casi toda la comunidad se conocía. Por las tardes después de clases, mis compañeros y amigos de escuela pasaban por mi casa a buscarme, y asistíamos a todo tipo de actividades deportivas extracurriculares, nos pasábamos a los videojuegos, jugábamos a las canicas, a encumbrar cometas, al trompo, a apostar cromos. Podías recrearte con total libertad y tranquilidad. No había maldad. Con el tiempo empezaron a construir otras villas alrededor del sector, y de a poco, paulatinamente, año tras año, se fue echando a perder el barrio, y a desaparecer esa apacibilidad de la que nosotros como niños alcanzamos a disfrutar. Hoy, tres décadas después, ese vecindario es un hervidero de tráfico y micro-tráfico; las balaceras se volvieron una cuestión habitual, de todos los fines de semana –incluso entre semanas- y a cualquier hora del día, y los adictos al basuco son un elemento distintivo y característico del paisaje. En cada esquina, en cada plazoleta, encuentras weones sucios, harapientos, flacos y desnutridos y sin dientes. La gente les llama “zombis”, “angustiados”, “gárgolas”, entre otros muchos calificativos.

Al papá del Byron tampoco nunca lo distinguí. No lo recuerdo. A su señora sí, a la mamá de Byron sí la conocía de vista de siempre, pero el Byron no es de mi generación, sino que mucho menor, a él nunca lo distinguí, ni a él, ni a su taita[7]. Tampoco sé cómo se llamaba el finado. Debe de haber tenido unos cinco u ocho años más que yo. Mi viejo sí lo conocía. Es que a mi viejo siempre lo han respetado mucho en el barrio, también en el barrio donde él creció, y en sus ambientes laborales y sociales, siempre lo han querido mucho. Así que creo que este personaje siempre saludaba muy respetuosamente a mi viejo. Mi viejo me contaba que el finado manejaba un taxi, pero no tengo ningún recuerdo ni siquiera vago de él. En esa época, cuando éste tipo se quitó la vida, yo estaba entre la veintena y la treintena. Ya no era ese muchacho ingenuo de ambientes exclusivamente universitarios y de profesionales de diversa índole. Ya había caminado mucha calle. Ya conocía todos los recovecos de muchos barrios marginales, y de distintas comunas del “gran Santiago”, sectores que frecuentaba para comprar drogas.  Conocía a todos los traficantes y a todos los consumidores, y ellos a mí, pero al papá del Byron nunca lo vi en estos círculos. Sólo me enteré un día que un vecino del barrio se había quitado la vida, y que la gente estaba súper afectada. Así supe que el hombre se había suicidado. Que se había ahorcado con un cinturón. Al parecer, según comentarios, estuvo todo un fin de semana de juerga y carambisambi[8] con sus amigotes, jalando[9], bebiendo, y fumando pasta base. Se gastó toda la guita para el mes, y cuando se dio cuenta de que no tenía con qué explicación llegar a su casa, a su familia, sencillamente decidió quitarse la vida, colgándose por el cuello con un cinturón.


[1] Muchacho de arrabal con cultura de la calle. Naco, pelado. Fly-t.

[2] Contacto con dealer. Personaje que trafica, o acto de traficar.

[3] En el hampa, es un recluso del rango más bajo, sin ficha o prontuario que se estime, por lo tanto, está designado a los mandados, y se le trata como sirviente.

[4] Adicto a la pasta base de cocaína. Contracción de angustiado, y que es el término que se acuñó para designar al adicto a la pasta base, porque la sensación de angustia es uno de los efectos secundarios inmediatos al del placer después de consumir.

[5] Adicto a la base de cocaína.

[6] Billete de diez mil pesos chilenos, denominación cercana a los diez euros.

[7] Forma vulgar de papá o padre.

[8] Reventón, pachanga, peda.

[9] Esnifando cocaína.